Leyenda del Paso de los Toros
A mi amigo Dn. Justo Dorrego que fue estanciero fuerte de Paso de los Toros y de cuyos labios conocí esta tradición.
Aquí en el Paso, el Río Negro supo ser de mala entraña...
- Creciendo en toda la juria más bien era disparada de tropa que, a’nde hace punta, voltea, rompe y desgaja -.
Sólo el gauchaje más crudo - cayendo apretao – bandiaba; matreros, contrabandistas templaos a pólvora y caña.
Pero entonces, prudenciando; porque era gente muy diabla!
Mesmo que abrojos, priendidos de las clinas se azotaban buscando cortar as sesgo y al favor la correntada.
Había en el Paso una Virgen de madera; y a sus plantas, mozos que al mesmo mandinga le hubieran hecho patancha, venían a hincarse sumisos antes de azotarse al agua.
...Coronando la cuchilla se devisaba una casa que supo ser pulpería;
tenia la reja embrujada por los ojos de una moza que eran pa’ gloria – o disgracia – enlucernaos y projundos lo mesmo que noche de ánimas.
Soberana la pulpera! Dicen que por sus miradas se mellaban los facones hasta sacar “luces malas”...
Tuitos le pedían amores y ella... ni los animaba, ni los llamaba al disprecio pa’ que no se le apotraran,
y ansí, siempre los tenía quemaos del lao de la marca.
Hembra de cuerpo garrido, dorao en puma... y con daga, tenía que ser, del más “toro”, y el más herido en la entraña.
Por eso les dijo un día que el gaucho que atravesara de ida y güelta la creciente... se la iba’llevar en l’anca!
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Del fiel de los cuatro rumbos fueron cayendo los taitas. Se apiaban frente a la Virgen del Paso, y se arrodillaban con la oración en los labios y la tormenta en el alma.
Pero talvez la tormenta les ahugaba las palabras porque la Virgen, seguía como sorda a las plegarias, y el río sin yel, les diba raliando las esperanzas.
Y como al Paso venía sólo gente desmadrada sin valimiento en el cielo, sin más razón que sus ansias ni ley que su rial capricho ni tutor que sus agallas, lo cristianó “el de los Toros” un bautismo de guitarras.
- Ansí, el Paso de los Toros vino a nacer a la fama -.
Encelaos por la pulpera y envenenaos por la caña, los toros de aquel siñuelo sangriento, siempre llevaban un duelo en cada mugido y una muerte en cada guampa.
Aguaitando las crecientes todo el invierno ronciaban de la enramada... a la reja; de la reja... a la enramada donde, tendido el apero, por las noches los rodiaban los ojos de las corujas como de velas macabras...
Conque... no jué solo el río culpable de las disgracias;
mucho, diezmó la creciente del sangrador de las dagas...
Y el monte, se jue poblando de embrujos y luces malas...
Las más, cuentan que salían de alguna tumba olvidada, sin un rezo, ni una vela, ni un ramito de retamas...
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Hasta que un mozo norteño llegó al trote una mañana:
El caballo... era de naipe; no traiba señal ni marca, y era tordillo sabino - flete ponderao pa’l agua -.
Naide imagina qué yegua pudo parir esa estampa;
sin duda debió ser cría - y ansí lo cuenta la fama - de la espuma en que ocasiones florece la correntada.
Y el hombre... sin desperdicio de la vincha a las rodajas:
Por lo cimbra, parecía medio cruzao con tacuara;
al abalanzarse’l flete sueltamente lo peinaban de la paleta a la cincha sus nazarenas de plata.
Crestiano mejor plantao no se vido en la comarca;
tan nacido era pa’l basto, que algunos lo comparaban con un adorno de tigre sufilao en la badana.
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Torvo, requemao de ausências, hondo de vida y de hazañas, ni se apió frente a la Virgen ni miró rumbo a las casas; pero es fama que la Virgen, mujer al fin, suspiraba cuando azotándose al río lo doblegó en dos topadas,
y se marchó rumbo al norte con la pulpera en el anca!